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2006/JUN/23 - Semanario Brecha

Comunidad, familia y pasta base
Demasiadas bocas para una infamia
La pasta base, a diferencia de otras drogas, impacta rápidamente en el entorno familiar del consumidor. Un incipiente movimiento de madres busca plantear este problema a nivel público, apostando a resolver el fenómeno mediante una mayor eficacia en la represión.

Daniel Erosa

La semana pasada un padre asesinó a su hijo adicto a la pasta base luego de que éste le robara por enésima vez para comprar droga. A comienzos de esta semana un grupo de madres expuso públicamente su voluntad de defender la vida de sus hijos consumidores reuniéndose cada sábado para manifestar su decisión de “pelear sin miedo, con las armas de toda la vida: la verdad y el amor”. Son extremos de un mismo problema, reacciones antagónicas frente a una idéntica impotencia.

El fenómeno de la pasta base no se agota en el consumo, ha desatado un verdadero estado de alarma en la población de nuestro país ya que ha modificado códigos sociales y culturales que creíamos muy arraigados. Se le atribuyen muchas cosas, pero hasta el momento se sabe muy poco sobre cómo combatir sus efectos, qué hacer para reducir el daño, qué tiene exactamente su composición química que la hace tan adictiva y dónde está el fondo hacia donde van cayendo decenas de consumidores cuyo deterioro es inocultable.

Para Milton Romani, secretario general de la Junta Nacional Antidrogas, la pasta base “es una droga que tiene mucho que ver con la cultura actual: efímera, individualista y altamente destructiva. Por eso es muy difícil remontar la situación en un solo acto”.

Pero la desesperación de madres y padres que ven cómo sus hijos se arruinan, que sufren la depredación de sus casas, que asisten sin saber qué hacer a la instalación de una serie de transformaciones familiares que nunca imaginaron, es rotunda. Sin embargo, según dicen los técnicos, ningún hogar está libre. Según Romani, la adicción es una enfermedad vincular y ciertas conductas urgentes como “‘Sacame a mi hijo, no lo aguanto más, internámelo, sacámelo, dale algo’, tienen también un mecanismo que incluye el esto no es mío. Todos debemos aceptar que algo tenemos que ver.” La idea es, dice, agarrar cada uno un remo para “rescatarse” y ver cómo avanzar, exigiendo que todos nos hagamos cargo de la parte que nos toca “sin demonizar ni echar la culpa al adicto o a la sustancia”.

“ESA MUGRE.” Si bien es cierto que poco se sabe sobre la pasta base, un reciente estudio cualitativo realizado por el Instituto de Investigación y Desarrollo Social (IDES), al que accedió BRECHA, permite extraer algunas conclusiones interesantes.

La relación adictiva no está marcada por un consumo permanente, señala esta investigación, sino por un consumo intenso de fines de semana. La primera toma genera una experiencia muy fuerte y efímera, dura sólo unos segundos y adquiere durante la semana una posición privilegiada en las motivaciones del consumidor. Se vuelve una verdadera obsesión la búsqueda de aquella sensación inicial. Sin embargo, la relación de los consumidores con esta droga es paradójica: una persecución obsesiva de la sensación registrada por primera vez con absoluta ausencia de narrativas al respecto. Los consumidores expresan un alto rechazo a la pasta base, la niegan como fuente de placer, se refieren a ella en términos de “esa porquería”, “esa mugre”, “droga sucia”. Según se deduce del informe, es un proceso de consumo sin historia ni relatos, se trata de un episodio vacío en la propia memoria. No hay ninguna épica ni tampoco una estética o ritual de celebración aun en el consumo grupal. Incluso los entrevistados relacionan la droga claramente con el displacer.

A diferencia de otras drogas, el consumo de pasta base es prácticamente siempre problemático y produce rápidamente la ruptura del consumidor con su familia y grupo de pares. Existe sí una tendencia a exaltar la marginalidad y diversas formas de subculturas delictivas. En la territorialidad simbólica, el consumo se asocia al mundo de los asentamientos. Incluso chicos de clase alta “emigran” a esos entornos como consumidores, buscando un espacio de marginalidad en relación con su propio mundo social.

La investigación asegura que el consumo es transversal desde el punto de vista social, pero todo sugiere que la base de la pirámide radica en la juventud pobre o indigente. Otro dato relevante del estudio indica que sólo cuando existen fuertes contextos previos de abandono familiar o antecedentes penales de hermanos mayores, el consumo de pasta base se asocia a una violencia pura: despojada de palabras o límites, gratuita, sin autojustificación, no sólo sin conciencia del delito, más aun, sin noción de culpa. Otros segmentos de mayor integración social moderan esa conducta.

Hay una asociación explosiva que potencia el consumo del producto: efecto intenso y breve, bajo precio unitario, y altísima accesibilidad dada por la multiplicidad de puntos de distribución y una amplia y densa cobertura geográfica. “En-contrás antes la pasta que el vino, hay como cuatro bocas en veinte cuadras”, asegura un consumidor entrevistado para la investigación del IDES.

LAS MADRES DE LA PLAZA. Un elemento nuevo en el complejo escenario planteado por la fuerte presencia de la pasta base en nuestra sociedad es la decisión de un grupo de madres de consumidores de comenzar a reunirse en la plaza Fabini todos los sábados, a partir del próximo 1 de julio, bajo la consigna “Por nuestros hijos muertos en vida”. Según dijo a BRECHA Rocío Villamil, vocera del grupo, se unieron para plantear una estrategia que las representara a todas y se empezaron a organizar para manifestar su disconformidad por la falta de políticas más enérgicas “que ataquen directamente la entrada de la pasta base al país. Por lo que sabemos, es mínimo lo que se incauta porque la pasta sigue como si nada”.

Villamil cuenta que son madres de familias que han quedado destruidas debido a la adicción de sus hijos “sin entender cómo se llegó a lo que se llegó”, que han golpeado varias puertas sin conseguir una solución de fondo y que han pasado por varias etapas. Lo primero, dice Rocío, es la negación: mi hijo no; no querer ver. Luego, cuando varía su conducta habitual y abandona cosas que antes le interesaban, que cambia su vocabulario y su manera de relacionarse, “vos seguís justificándolo. Pero después asumís que tu hijo es un adicto” y empieza la segunda fase que es “la transferencia de culpa”. Según esta madre, luego de todas esas etapas, de miedo, de desesperación, de ansiedad, de indignación, llega un momento en el cual “empezás a entender que ése ya no es tu hijo, que es otra persona, que está dominado por otra cosa. Y entonces la cuestión es tratar de salvarle la vida. Cuando uno está metido en la batalla más importante, que es la defensa de la vida de nuestros hijos, realmente ya no puede tener miedo de nada”.

Simbólicamente este grupo de mujeres busca asociar su lucha con el movimiento de las madres de desaparecidos. Según Villamil, “estamos siguiendo los pasos de otras madres que buscaron a sus hijos. Nosotros estamos buscando soluciones para nuestros hijos desaparecidos en vida. El paralelismo es tan real: nuestros hijos caminan por la calle y no nos ven”.

PEGAR EN LA BOCA. El grupo comenzó con un núcleo de 14 madres que habían recorrido casi el mismo periplo de buscar a sus hijos en noches muy oscuras, de denunciar puntos de venta, de fracasar en los intentos de desengancharlos, de volver a empezar y volver a fracasar. Pero luego de que sus planteos tomaran estado público “explotó”, asegura Villamil, y ahora son muchas más las mujeres que están buscando compartir el conocimiento obtenido en sus batallas individuales. Unirse para reclamarle a las autoridades una lucha mucho más frontal al tráfico y distribución de pasta base. Se quejan de que, a pesar de haber hecho cientos de denuncias, existe una inacción “sugestiva” de las autoridades policiales. “Sabemos que estamos peleando contra un enemigo muy poderoso. Que tiene muchísimos brazos, piernas, ojos y sobre todo bocas. Sabemos que hay parte de la Policía que está involucrada y el resto de la Policía también lo sabe. Y como no hay acción frente a eso, tiene que haber una reacción”, explica Villamil.

Para Romani, si bien es muy comprensible la preocupación de estas madres, no se puede dejar de lado que “existen dos patas en este tema: una es la oferta y la otra la demanda. Se distribuye una nueva sustancia muy perniciosa, pero tenemos un segundo problema para resolver entre todos que es por qué la sociedad consume. Podemos hipotéticamente liquidar toda la oferta, mágicamente hacer desaparecer todas las bocas, pero mientras exista demanda el problema continúa”.

Quizás el planteo de las madres de atacar con fuerza los puntos de venta como forma casi exclusiva de solución, reduce el problema a la existencia o no de la sustancia. Hay sobrados ejemplos históricos que desmienten esa ecuación, la ley seca es el paradigma más claro. Ellas dicen: “Queremos atacar las bocas para que salte de dónde viene la distribución total. Para que haya un control real de aduanas y de la Policía”. Romani no lo ve tan fácil. Aunque reconoce que “estamos heredando una inercia burocrática en algunos sectores del Estado”, combatir las miles de bocas que hay en Montevideo, no es tarea sencilla. Sobre todo porque los métodos de distribución son muy complejos. No hay identificadas grandes organizaciones de tráfico. No es una boca ni dos, ni es un narcotraficante externo a la comunidad, y la droga, según saben las autoridades, ingresa vía las “mulas”.* Según Romani, “las madres señalan una cosa que todos vemos. Pero hay que tener cuidado porque no basta con que un vecino diga ahí se vende. El minitráfico de pasta base es una expresión brutal de la pobreza, está armado por redes vecinales y familiares que han sustituido otras redes, que han ocupado el lugar de fuentes de trabajo. Yo no las justifico porque comerciar pasta base es no tener dignidad, es estar convencido de que esto es una guerra de todos contra todos, pero hay que tener claro que la represión de ese minitráfico es un tema mucho más complicado de lo que la gente percibe”. Para Villamil decir que “no se pueden atacar las bocas porque es el trabajo de familias enteras, es justificar cualquier cosa”.

Estas madres están convencidas de que los jueces deberían tener en cuenta la gravedad de esta coyuntura y flexibilizar las normas que no permiten los allanamientos diurnos o nocturnos: “Los centros de reclusión están saturados de gurises de 18 a 22 años y el porcentaje que está preso por cometer delitos para consumir es altísimo. Están atacando el efecto en vez de reprimir la causa”, opina Villamil.

Romani sostiene que desde el gobierno la política en ese sentido es clara: “El hogar es un lugar sagrado, inviolable. Sólo se puede entrar con orden del juez y de noche sólo con autorización del jefe de familia. Ese es un precepto de nuestra cultura, sólo se violó en dictadura.

Nosotros tenemos que preservar derechos y garantías individuales de todos”.

De todas formas la situación es intolerable para estas madres cuyos hijos “rastrillan” lo que pueden de sus casas, venden la ropa que llevan puesta o directamente salen a robar para canjear por pasta base. Ese trueque, según ha detectado este grupo de mujeres, ha creado un negocio paralelo. Por eso, explican, están proliferando las casas de compraventa de cosas usadas. “Donde hay una boca de venta de pasta base al poco tiempo surge una feria americana. Eso está probado. Incluso lo usan como pantalla. Si seguís los procesos, todos son iguales. Se repite en todos los barrios”, asegura Villamil.

TRATAMIENTOS SÍ, TRATAMIENTOS NO. La complejidad del fenómeno es evidente y tiene múltiples frentes de acción y de riesgo. Uno de ellos es la falta de información referida a la propia sustancia. Romani señala que el efecto psíquico no responde a las coordenadas de ninguna otra droga y que no hay una sola pasta base, hay varias. En ese sentido se está trabajando coordinadamente con la Facultad de Química (véase recuadro) y se están incorporando investigadores porque no hay experiencia internacional al respecto.

La vocera de este grupo de madres organizadas asegura que si bien hay algunas instituciones que proporcionan tratamientos a los adictos, “estamos convencidas de que acá no hay nadie capacitado para la rehabilitación de la pasta base”. Por tanto proponen que los centros actuales tengan sus puertas abiertas para sostener la abstinencia. “Debe haber un lugar de contención para todos estos chicos. Porque cuando terminan un tratamiento les dicen: ahora tenés en la mochila todas las herramientas necesarias, cuando las precises tenés que usarlas. Pero el chico la mayoría de las veces no puede”.

Plantean que actualmente no hay una rehabilitación efectiva porque esta sustancia es demasiado adictiva “y no estamos preparados para combatirla”. Sin embargo Romani piensa que no se puede plantear la irreversibilidad del adicto a la pasta base. “Uno de los errores es comunicar públicamente que no hay tratamiento posible para la recuperación. No es así. Como tampoco es así que si eliminamos las bocas de venta sus hijos se curan. Tenemos que aprender a convivir con este síntoma familiar y social muy embromado y saber encontrar las herramientas que lo hagan reversible. No es un demonio. La gente piensa que te agarró la pasta base y chau. No es tan así”, enfatiza.

Las autoridades responsables de las iniciativas en la materia aseguran que si bien las respuestas aún no tienen la efectividad necesaria, se están dando pasos muy concretos en varias direcciones. Romani explica que, además de crear una estructura sanitaria que no existía, con un centro público de atención y asesoramiento (véase nota aparte), un teléfono para emergencias, un equipo de 280 referentes y su conexión con redes preventivas de los centros comunales, se está tratando de “construir un plan permanente a nivel de la represión, coordinando esfuerzos y estableciendo un mando que no existía para pegar arriba, en el medio, en las bocas y en el lavado”.

Señala que se están tomando medidas que “pueden ser más o menos rápidas, pero de este agujero no salimos con ansiedad. Tenemos que solucionar esto entre todos. Durante muchos años el Estado negó el problema o no lo atendió. No es casualidad que el fenómeno de la pasta base aparezca en 2002. Si hay algo que tenemos que leer en esta droga es el malestar y la fractura social y moral de este país. Si no queremos ver eso, y lo dejamos meramente en un problema de seguridad, no entendimos nada”.

* En el narcotráfico se le dice “mula” a la persona que ingresa la sustancia al país dentro de su cuerpo, ingiriendo “tizas” envueltas en nailon.


En los consejos de salarios
Drogas y trabajo

Falta de interés, estrés, inestabilidad, aburrimiento, escasa identificación del trabajador con sus tareas, fueron algunos de los motivos mencionados para explicar el consumo de drogas legales e ilegales en el espacio laboral. Este y otros temas fueron abordados en el Foro Nacional de Salud Laboral,* que pretendió avanzar en el análisis sobre la relación conflictiva que existe entre trabajo y uso de drogas.

Hace años que en los países desarrollados los problemas que genera el uso problemático de sustancias psicoactivas fueron incluidos como un aspecto sanitario más del ámbito laboral. El consumo y abuso de drogas, según diversos estudios, es una de las explicaciones del ausentismo laboral y está detrás de errores laborales a veces aparentemente inexplicables.

Por el momento en la región no se aplican lineamientos de ningún tipo en esta área, salvo en algunas empresas trasnacionales que siguen protocolos internacionales. La falta de políticas públicas al respecto en Uruguay habilita que en la mayoría de los casos el trabajador con un uso problemático de algún psicotrópico pierda al final su trabajo, agravando así aun más su situación de vulnerabilidad y las dificultades para su reinserción social. El seminario pretendió enfrentar este vacío y abrir la discusión para elaborar políticas públicas.

La iniciativa surgió del PIT-CNT, que viene hace un año y medio desarrollando trabajos en este sentido a partir de su Departamento de Salud Laboral y Medio Ambiente en forma conjunta con la ong Luna Nueva. Cecilia Miller, integrante de esta ong, señaló a BRECHA que el trabajo con la central arrancó a partir de un programa de sensibilización sobre el uso de drogas. Este fue un primer paso que permitió sacar el tema de las catacumbas y romper el silencio. Y después se pasó a discutir posibles soluciones (tratamientos y atención en los organismos estatales) a través de una nueva reglamentación. Actualmente ya hay dos programas en fase inicial que consultan a los trabajadores mediante encuestas por el uso de drogas ilegales y el consumo de alcohol.

Walter Migliónico, integrante del Departamento de Salud Laboral, explicó a BRECHA que el PIT-CNT plantea constituir grupos bipartitos dentro de los consejos de salarios para incluir este tema en la agenda de trabajo. También Migliónico recordó que buena parte de lo que se busca está comprendido en la ley 15.965 del año 1988, que ratificó los convenios 765 y 155 de la Organización Internacional del Trabajo. Se busca concretamente la inclusión de una cláusula de seguridad e higiene laboral en la negociación colectiva dentro de los consejos de salarios. Así quedarían habilitados los acuerdos por rama o empresa paralelamente a un protocolo sobre cómo actuar cuando se detecta un consumo problemático de drogas que repercute negativamente en el ámbito laboral.

Uno de los temas clave que plantea la definición de políticas en este tema es cuáles son los controles legales e ilegales a los que puede ser sometido un trabajador. Amalia Laborde, del Departamento de Salud Laboral de la Universidad de la República, explicó que los tests para detectar el uso de psicotrópicos son válidos sólo cuando el trabajador consiente en someterse al examen, y forman parte del control instrumentado por un tratamiento en curso, cuya confidencialidad debe ser siempre respetada.

* El foro se realizó este martes 20 en el Salón Dorado de la Intendencia Municipal de Montevideo

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