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 2004/AGO/21 - El Observador

EN PORTADA
Drogas, boleto para huir 
Un matrimonio satisfactorio, una familia con reglas claras y aceptadas, sin importar tanto cuáles sean, son parte sustancial de una buena red preventiva contra las adicciones 

POR MIGUEL ARREGUI 

La pasta base es hoy el boleto más barato para huir un rato de Uruguay, aunque luego se tenga que pagar con un aterrizaje forzoso”, afirma Miguel Silva. “Es algo parecido al alcoholismo empleado como método de fuga por cualquier obrero de Manchester en las primeras etapas de la revolución industrial”. 

“El principal productor, distribuidor y consumidor de drogas es el cerebro humano. Las drogas, legales e ilegales, sólo tratan de imitarlo y lo hacen malamente”, sostiene Silva. “La mejor droga sustitutiva para muchos uruguayos hoy sería un sistema educativo medianamente habitable, una familia más o menos funcional, un trabajo de cierta calidad. Estas también son ‘drogas´ sociales altamente psicoactivas a nivel cerebral”. 

Miguel Silva es psicólogo social. Junto a la psicóloga Cecilia Lazo es responsable del Área de Familia del Policlínico de Farmacodependencia del hospital Maciel. “El Maciel es un observatorio privilegiado porque es el único centro público de referencia nacional”, dice Lazo. 

Desde la creación del centro, en febrero de 1989, los dos profesionales han visto la aparición de nuevas formas de consumo de drogas, ya sea legales o ilegales. 


Desconcierto. El consumo de drogas es un fenómeno antiguo y universal, que admite múltiples causas. Pero el mundo contemporáneo, que viaja a una enorme velocidad, muestra un gran aumento de la demanda de sustancias que ayuden a controlar el stress o la angustia. Uruguay es un país muy permeable a las adicciones pues está en grave crisis, “entre otras cosas porque no tiene un consenso sobre sus utopías, porque no hay paradigmas compartidos por la mayoría, y porque el grueso de los jóvenes percibe que no tiene un espacio en la sociedad”, afirma Silva. “La orden no escrita parece ser: Váyanse”. Y ese desconcierto social se reproduce a nivel familiar hasta afectar profundamente a sus miembros. “Cada joven se evade o no –se va o no– en función de los recursos individuales, familiares y sociales a los que tenga acceso. Algunos toman su pasaporte y se van del país, otros se van mal y vuelven peor a través del cultivo de adicciones, y otros con mejores recursos individuales, familiares y sociales logran construir su lugar en el mundo en forma más saludable”. 

“Las drogas son tan malas o tan buenas como las teorías: depende de su uso”. Las sustancias no son buenas ni malas por sí mismas, sino en función del uso que se haga de ellas. Quien bebe dos copas de vino en la cena no es necesariamente un alcohólico. Por el contrario el uso obsesivo de internet o la exposición a la televisión son también una forma de adicción, que puede representar patologías. 


Algo no anda bien. En los inicios del Área de Familia del Policlínico de Farmacodependencia del Maciel, hace quince años y medio, el consumo de marihuana era el gran cuestionador del sistema familiar. “Con su consumo el joven denunciaba que algo no andaba bien en la red familiar –afirman Lazo y Silva–. Hoy en día pasa algo parecido, pero de una magnitud mucho mayor, con la pasta base” de cocaína, una sustancia fuertemente adictiva y que provoca graves alteraciones en un breve lapso. 

No hay dos adictos a la pasta base que sean idénticos entre sí. Pero todos ellos tienen un lugar en la vida que les resulta inhabitable. “Y las únicas soluciones decorosas son aquellas que se puedan diseñar lo más a la medida posible de cada persona”. 

“Las adicciones no solo interpelan a la familia, sino también a todo el sistema sanitario y social”, afirma Silva. Ambos psicólogos insisten que quien pretenda exclusivamente “romper el vínculo entre un sujeto y una sustancia, va al fracaso”. Para el combate a las adicciones es imprescindible considerar el contexto social y familiar. Muchas veces un tratamiento rutinario, que se base en la sustitución de una droga ilegal por un psicofármaco, “es una forma de preservar la adicción”, dice Silva. “Por eso preferimos hablar de vínculo (entre el sujeto y la sustancia adictiva), más que de sustancia”, ya sea cocaína, pasta base, alcohol, marihuana o cualquier otra. 


Tendencias del consumo. El simple expediente de integrarse a un grupo y compartir experiencias y mitos, puede permitirle a una persona mantener la abstinencia. El concepto está en la base de organizaciones como Alcohólicos Anónimos, por ejemplo. “Son cerebros que actúan en red”, dice Lazo. 

Si bien el fenómeno de la drogadicción atraviesa todas las clases sociales, quienes concurren al Area de Familia del Policlínico de Farmacodependencia del Maciel pertenecen en general a la clase medio-baja. Los adictos con mayores recursos económicos suelen tratarse en mutualistas o clínicas privadas. Lazo y Silva dicen que en la actualidad las “sustancias más consumidas son el alcohol, la pasta base de cocaína y la marihuana. La cocaína ha descendido un poco y no coincide con el perfil de quienes concurren al Maciel”. 

El alcoholismo crónico, que suele provocar mucho más daño neuronal que la cocaína, ocupa el primer lugar entre las adicciones. “El problema no está solo en la cantidad de alcohol que se consuma, sino también en la relación que se tenga con él” asegura Silva. “Si hay una relación tóxica con una sustancia, seguramente encontraremos en la historia del consumidor ese mismo modelo vincular instalado en relaciones con personas. La relación tóxica con una sustancia, en definitiva lo aprendió antes en la escuela de la vida”. 


Caza de brujas. Lazo y Silva evaden la reducción del problema de las adicciones a una simple enumeración de síntomas: ojos enrojecidos, exceso de sueño, falta de coordinación, etcétera. “Es lo primero que se nos pide, pero en general degenera en una caza de brujas que no va al fondo del problema. Las propuestas institucionalizadas, que meten a los adictos en la misma bolsa, nos provocan desconfianza. No atender las causas fomenta la implementación de topes, más que de límites”. 

Los límites, que se basan en el respeto mutuo, son imprescindibles para el aprendizaje de la libertad. Cuando hay adicciones suele faltar el respeto mutuo, en la familia o en el grupo social que se integra. “Los niños piden límites a gritos. Los límites se hacen para cuidar los vínculos. Pero en nuestra sociedad abunda otra cosa: los topes arbitrarios, ante los que sólo cabe el sometimiento o la transgresión”. 

Los padres que no prestan atención a sus hijos pueden actuar como disparadores para el consumo de drogas. “No es una cuestión de cantidad sino de calidad, y de formas de vinculación”, precisan Lazo y Silva. “Una madre sobreprotectora puede ser tan tóxica como una madre negligente, y provocar baja autoestima y fragilidad personal”. 

“Una pareja donde las diferencias no sean vividas como amenaza, una familia con reglas claras y aceptadas desde el respeto mutuo, que posibiliten un diálogo fecundo –sin importar tanto cuáles sean esas reglas–, son parte sustancial de una buena red preventiva”, concluye Miguel Silva.


Con o sin tambor

Si bien las adicciones deben ser tratadas formalmente, con asistencia profesional, la sociedad suele desarrollar sistemas caseros de reducción de daños. Así, por ejemplo, una palmada en el hombro de un docente y una pregunta amable pueden determinar que un alumno concurra finalmente a un centro de rehabilitación. 

En otras ocasiones alcanza con integrar al adicto a una tarea colectiva, de forma que se sienta socialmente útil y a la vez contenido. ¿Ejemplo? “Una persona que se integra a un grupo de tamborileros adquiere una responsabilidad”, señala el psicólogo Miguel Silva. “No es lo mismo el consumo de alcohol con tambor o sin tambor. Si una persona toca en un conjunto a destiempo, alguien se lo señalará amigablemente. Probablemente eso lo motivará a reducir el consumo de alcohol. Tiene mayor control, está integrado, combate su soledad y el desamparo. Ello es mucho mejor que si se lo señala con el dedo como el borracho del barrio. El tambor entonces puede ser un recurso sanitario de primer orden”. 

Ese tipo de redes sociales de contención suelen funcionar mejor en el interior del país que en Montevideo, ciudad que padece una mayor despersonalización y facilidades para el aislamiento y la exclusión. 

Claro que en otros casos las recetas caseras pueden ser profundamente destructivas. Aconsejar por ejemplo la sustitución de la pasta base por una sustancia de “mayor calidad” como la cocaína, equivale a tratar de apagar un incendio con un balde de combustible. El whisky de marca nunca será un buen sustituto de la caña brasilera. 


Cultura de adicción

El alcoholismo se basa en una sustancia legal –el alcohol– pero es la adicción más extendida y una de las más dañosas. El consumo de alcohol se transforma en la tarea básica del adicto, que en el trayecto lo pierde todo: familia, trabajo, patrimonio y a sí mismo. Alrededor del 50% de las muertes en accidentes de tránsito en Uruguay son provocadas por el consumo de alcohol. 

Los jóvenes uruguayos inician muy temprano el consumo de alcohol y tabaco, particularmente entre los 14 y 15 años, en tanto el uso de tranquilizantes se produce generalmente después de los 30 años. 

El 60% de los consumidores de cocaína en Uruguay se inician entre los 15 y los 19 años. El uso de drogas más baratas –pasta base, inhalantes–, muy común entre los jóvenes de bajos recursos o en ambientes marginales, se produce aún más temprano. El 33% de los consumidores de inhalantes se inicia entre los 10 y 14 años, y otro 56% entre los 15 y los 19. Algo similar ocurre con el consumo de marihuana. 

Consumidores y narcotraficantes se explican recíprocamente. Mientras exista alguien dispuesto a consumir habrá quien le proporcione la sustancia adecuada. Los vendedores son particularmente aptos para crear una demanda inexistente, aprovechando las debilidades de la víctima. Los riesgos del tráfico apenas incrementan el precio y por el camino se gestan todo tipo de corruptelas. La “ley seca” en Estados Unidos, que se extendió entre 1920 y 1933, es una de las tantas pruebas de ello. En Uruguay el juego de quiniela –que en muchas personas provoca fuerte adicción– se oficializó recién en 1933. Hasta entonces funcionó clandestinamente con gran suceso gracias a la complicidad policial. 

Una sociedad rebaja tremendamente su calidad cuando tiene muy metida la cultura del tráfico y la adicción. Como escribió Gabriel García Márquez en Noticia de un secuestro, refiriéndose a Colombia: 

“Una droga más dañina que las mal llamadas heroicas se introdujo en la cultura nacional: el dinero fácil. Prosperó la idea de que la ley es el mayor obstáculo para la felicidad, que de nada sirve aprender a leer y escribir, que se vive mejor y más seguro como delincuente que como gente de bien. En síntesis: el estado de perversión social propio de toda guerra larvada”. 

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