Volver

imprimir     

 2005/SET/04 - El País

Adolescentes en riesgo
La violencia a flor de piel
Jóvenes de todas las clases sociales conviven con el germen de la violencia que explota por cualquier sin sentido. los expertos coinciden en que hoy la mecha es más corta que en generaciones anteriores. familias desestructuradas, padres que no cumplen su rol de tales, drogas, son parte del problema creciente

MAGDALENA HERRERA

No es la pasta base. Tampoco son las familias desestructuradas en las que los hijos se pasean de divorcio en divorcio, no conocen a su padre o solo lo ven un par de veces al mes. No se debe buscar la causa en el consumo de alcohol. Ni en la violencia que asola al mundo con atentados terroristas y guerras en directo por tevé. No es el hecho de que en familias aparentemente armónicas, los padres, o No Padres como los llama el investigador de Unesco Gustavo Iaies, no se animen a poner límites o a ejercer la autoridad.

No se trata de que papá y mamá, en la búsqueda de una permanente adolescencia, se hayan bajado de su rol y hasta compitan con sus hijos en la vestimenta, la forma de hablar y hasta los lugares que concurren. Tampoco es el poco tiempo que disponen para los hijos. No son los video-juegos, ni tantos programas estúpidos en la pantalla chica. No se trata de la educación pública que, se sabe, se encuentra en crisis. No es la marginalidad, la exclusión social o la tormentosa situación económica de los últimos años.

No es nada de eso únicamente. Es absolutamente todo que influye, en diferentes grados, colores y formas, sobre los adolescentes sin distinción de clases sociales. A partir de todas esas circunstancias, la violencia se instala de distintas maneras, tanto en ricos como en pobres, en clases medias altas o bajas, de eso los técnicos no tienen dudas. Y torna a los jóvenes más sensibles al estallido violento, comparado a otros tiempos.
Porque las estadísticas no afirman que son más agresivos, o que haya bajado la edad de la criminalidad. Es la sensación térmica, que en algunos casos llega a la justicia: un menor del Inau atacó a un magistrado porque no le gustó su resolución y, en otro juzgado, un expediente habla de una trifulca de treinta chicos con championes de marca, en la puerta de un boliche de Parque Rodó. Los ejemplos abundan, desde los más sonados como los ocurridos en Colonia Berro, hasta los que pasan desapercibidos porque existen padres que actúan antes de que el hecho llegue a la justicia.

Es curioso pero es justamente un joven, Mario Durán, quien fue dejado inconsciente a patadas en el piso, que de alguna manera resume lo que coinciden psicólogos, jueces, dueños de boliches, autoridades de instituciones de menores. "No sé si hay más o menos peleas en la noche, o si los adolescentes y jóvenes son más violentos ahora que antes. Lo que sí noto es que todos están más sensibles, y que por cualquier cosa salta un hecho violento," señala.

Si lo sabrá Durán que intentó separar a un amigo que se peleaba con otro y terminó en el piso inconsciente. Quien lo atacaba, un joven de clase media del Prado, no le bastó con la pérdida de conocimiento del chico que le siguió propinando patadas en el ojo izquierdo. Cuestión que Mario Durán terminó hospitalizado, pero la cosa no culminó con unas puntadas en la ceja, como en casos similares. Casi pierde el ojo izquierdo porque con la golpiza le rompieron una membrana, que según él explica, sujeta la órbita ocular. Le debieron operar la cabeza para extraer otra fina membrana, e insertársela en el ojo, que en caso contrario le hubiera quedado inmóvil. Su cara ensangrentada no evitó que la policía lo esposara. "Después supe que ese chico, que me había pegado, tenía fama al respecto, no sólo él sino también su padre. Y me dijeron que a su madre la habían echado del equipo de hockey porque tenía líos en los partidos", cuenta.

La violencia está a flor de piel, coinciden los expertos. "Antes, los arrebatos de carteras eran únicamente mediante la sorpresa, una cuestión de destreza. Hoy, si la víctima se aferra, el joven empieza a luchar con ella y la llega a arrastrar por la vereda," señala el magistrado de menores, Alejandro Guido, quien aclara que el 99% de los casos que llega a su juzgado son de menores de estratos socio-económicos deprimidos. "No descarto que haya violencia en todos los niveles, es más, creo que existe en igual grado.
Pero en general, los hechos de menores de clases altas no llegan al juez. A lo sumo se dirimen en la comisaría".

Lo que Guido no tiene dudas es sobre las causas primarias de la sensibilidad a la violencia que demuestran los adolescentes. "Las familias desestructuradas, el padre que se fue y el impacto de las separaciones sobre los jóvenes, no respeta clase social. Los hace más irritables e intransigentes. No cambiaron los chicos, sino que se modificaron los factores exógenos que influyen directamente en sus comportamientos. He visto jóvenes comenzar a delinquir solo a partir del consumo de drogas. La pasta base ha hecho estragos y destrozado familias. Ya no tienen ningún miramiento para obtener dinero para droga. Muchas veces leo expedientes que hablan de personas retraídas y tímidas, y la tengo enfrente por un homicidio. Ese chico explotó, y quizás por nada le quitó la vida a un trabajador con esposa e hijos. Pero también si se indaga en la historia del victimario es otro drama".

PERFIL. Descontento y decepción son dos características que los técnicos observan en los adolescentes de hoy. "Sienten que el mundo les exige mucho pero que no los han preparado para ello. Eso genera resentimiento y enojo con la realidad. Los adolescentes no salen preparados para el mundo conflictuado que les toca vivir", indica la licenciada Clara Uriarte, presidente de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay. "Tenemos la tendencia a pensar que la violencia se da en las clases marginales o bajas, pero no es así. También se encuentra en los colegios privados, simplemente toman otros colores o formas. Porque también es un acto violento cuando un chico alcoholizado se accidenta en un auto, o se pelea a la salida de una fiesta".

La adolescencia es una etapa conflictiva, aclara la psicóloga. Los chicos viven una revolución interna que por cierto también es muy violenta. "Es un estallido tanto físico como psíquico importante con cambios muy fuertes. Se trata de algo normal, no patológico. Para que todo llegue a buen puerto, en primer lugar es necesario que ese chico haya tenido un sostén psíquico familiar importante hasta ese momento. De lo contrario ya llega rengo, y seguramente hará un mal tránsito por los 13 o 14 años. Si a eso se suma la falta de sostén familiar y social durante la propia adolescencia, seguramente se observe la violencia como patología."

Justamente, cuando esa violencia se torna patológica, en general se habla de reformar al adolescente, y allí está el error, asegura Uriarte. "Se debe indagar en las causas u orígenes de ese acto violento. Muchas veces se encuentran detrás de ellos familias bastante desarmadas, o incluso en aquellas que parecen más estructuradas, el lugar del padre y de la madre están muy difusos para los jóvenes".

La psicóloga le da tanta importancia a la institución familiar como a la educativa. "Tiene que realizarse una gran reforma a nivel educativo porque hay algo que no está funcionando, y lo que hace es que quienes deben transitar por ella lo hagan mal. En la misma institución educativa está implícito el germen de la violencia. En ciertos casos, allí se juntan las decepciones y frustraciones tanto de chicos como de docentes, y se potencializan mutuamente. Por un lado, los adolescentes colocan en los centros todos sus enojos y broncas, y por otro, encuentran una respuesta violenta".

EDUCACION. Hace varias décadas el colegio y liceo Los Maristas tomó algunas resoluciones que en su momento resultaron muy impopulares. En primer lugar, se retiró de ciertos torneos deportivos que incentivaban una competencia poco educativa, a entender de la institución. En segundo término, decidió no promover ni organizar viajes al exterior de sus alumnos. "Durante mucho tiempo esas medidas nos generaron incomprensión, no solo de los alumnos, sino también de los padres. Y la verdad, hay que decirlo sin vanidad pero con objetividad, esos mismos temas han dado muchos problemas a otras instituciones en la actualidad," señala el psicólogo Luis Correa, director del primer ciclo de Los Maristas.

Ni las competencias deportivas ni los viajes al exterior, como tampoco las previas antes de la salidas nocturnas, son hechos violentos en sí. "Pero están sobredeterminando la posibilidad de la manifestación violenta. Por supuesto que las respuestas de los centros en la prevención no deben ser únicamente específicas, sino que deben pasar por un marco educativo y de valores", indica Correa.

El rol de la institución escolar adquiere mayor protagonismo con la crisis de la familia, que se observa fundamentalmente desde mediados de la década del siglo pasado. "Se necesita que la escuela o el liceo, además de los aspectos académicos, complemente con una cantidad de elementos que antiguamente, mal o bien, eran dados por la familia. Quizás, en algunos centros haya posibilidades de hacerlo pero en otros, fundamentalmente en los públicos actuales, no existe ninguna oportunidad al respecto".

El contexto social y cultural incluye elementos que facilitan la expresión violenta de los adolescentes, asegura Correa. "Todo acto de violencia es irreflexivo y da cuenta de un malestar que no pudo ser tramitado a través de la palabra o de una expresión creativa o simbólica, e implica una agresión al otro. Y siempre es reactiva: el violento antes siempre ha sido violentado. En eso sí, la institución educativa puede actuar en la prevención. Porque muchas veces se trata de jóvenes que han sido objeto de burla, desacreditación o imposición".

Claro que las burlas entre compañeros existieron desde siempre, y no por eso los adolescentes se tornaban más violentos. "Lo que sucede es que ahora la mecha es más corta y el estallido es anterior. La adolescencia siempre es un terreno fértil porque es un momento de construcción identitaria. Se trata del primer duelo que se vive en la vida: el fin de la infancia. El joven sabe que nunca más será niño, consciente o inconscientemente No todos lo toleran. Esa fragilidad que es inherente al período adolescente siempre ha encontrado como vía de calmarse las reafirmaciones y las identificaciones.
Entonces aparecen las modas, el grupo, la barra, los amigos, la pertenencia a la hinchada de un club, entre otras," señala Correa.

En definitiva, las estadísticas no indican que la violencia haya crecido tanto en los adolescentes. Lo que si ha aumentado es la sensibilidad frente a ella. "Nos impacta profundamente el aparente sin sentido de algunas manifestaciones violentas. Y eso atraviesa todas las capas sociales, pero creo que hay más perspectivas de esas expresiones donde existen menos elementos culturales, menos educación, menos contención familiar y mayores carencias económicas," finaliza el psicólogo y director de Los Maristas

 

     Volver
 

www.infodrogas.gub.uy