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 2005/NOV/11 - La República

El combate a la droga en varios frentes

Desde que asumieron las nuevas autoridades, el combate contra la droga ha venido obteniendo ciertos éxitos: acciones conjuntas de Aduanas y Policía han logrado detener embarques de sustancias tóxicas así como la detección de bocas de distribución y la aprehensión de distribuidores.

Esta tarea represiva del tráfico de drogas es muy importante, pero más importante aun es el combate en otros campos.

Al igual que en muchos otros aspectos del comportamiento de los seres humanos, la experiencia de lucha contra la droga apoyada casi exclusivamente en medios punitivos no ha conducido a resultados positivos. La legislación represiva no ha tenido efecto disuasorio alguno; ni entre los consumidores, ni respecto de los traficantes. Vale la pena acotar que, aunque parezca obvio, bueno es no perder de vista el hecho de que en la medida en que siga habiendo consumidores de drogas --e incluso que siga aumentando su número--, habrá cultivadores, procesadores y vendedores de sustancias tóxicas.

Nadie discute que el Estado deba preocuparse por la salud de la población, y que en ese sentido proscriba el consumo de sustancias que objetivamente provocan estragos físicos y psíquicos. Pero todos sabemos que no basta con la prohibición; de ser válido el criterio represivo, bastaría con declarar ilegales los males de la sociedad para terminar con ellos: desaparecerían de ese modo expeditivo la pobreza, el desempleo y hasta el déficit fiscal...

Es posible penalizar ciertas conductas antisociales, y así se ha hecho con el homicidio o el hurto, para citar dos ejemplos claros y clásicos. Y es posible, asimismo, que el hecho de que tales prácticas conlleven el riesgo de sufrir un cierto castigo opere como factor de desestímulo para aquel que --de no mediar el Código Penal-- las llevaría a cabo sin dudarlo.

No obstante, todos sabemos también que cuando un individuo vive una situación límite, es harto difícil que se detenga a pensar en las consecuencias que puede traerle la infracción de las normas.

Pero en el delicado terreno de la drogadicción, la compulsión actúa de una manera tal que toda disuasión racional es absolutamente impensable y la prohibición se torna definitivamente inoperante.

Ocurre que el consumo de drogas no obedece sino a una dependencia psíquica y fisiológica imposible de ser dominada por la razón o la voluntad. Por otra parte, independientemente de esa peligrosa característica de los estupefacientes, hay que analizar las causas que llevan a tantos --y cada vez más-- jóvenes a recurrir a paraísos artificiales. Hay sin duda una necesidad de evadirse de la realidad; una realidad que no ofrece perspectivas tentadoras y que impulsa a los jóvenes a rechazar el mundo que los adultos les ofrecen.

Por eso debemos aplaudir, también, el rumbo que ha tomado la Junta Nacional de Drogas, apuntando sus baterías hacia la prevención y la asistencia social, de modo de atacar las causas del flagelo.

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